¿Por qué a mi hijo no le gusta leer?

¿Por qué a mi hijo no le gusta leer?

Los colombianos de 5 años o más (lectores y no lectores) están consumiendo hoy 2,9 libros por año, frente a los 2 libros del 2016 y los 1,9 libros del 2014, lo que significa que hoy en nuestro país, la cifra del consumo de libros ha aumentado un poco según la encuesta del DANE publicada en 2018, Una sombra de optimismo asoma en el contexto educativo y cultural de Colombia; sin embargo, esta cifra es aún muy pobre frente a países como Suecia, Finlandia, Canadá, Nueva Zelanda y Australia, que tienen la lectura como parte de su proyecto de vida.

  • Necesitamos poemas, cuentos y toda la literatura posible en nuestras escuelas, no para subrayar ideas principales, sino para favorecer una educación sentimental

    Yolanda Reyes

    Escritora

Escrito por Adriana Arango G.

Cada vez que un papá o una mamá me preguntan ¿por qué a mi hijo no le gusta leer? inmediatamente pienso: ¿será sólo tu hijo o seremos los colombianos en general, incluidos niños, jóvenes y adultos a los que no nos gusta leer? y luego me lleno de un sentimiento que no sé definir si es remordimiento, culpa, tristeza o rabia… por no haber asumido una posición más radical frente a esta situación cuando tuve la oportunidad de trabajar en el sector educativo formal.

Vale la pena aclarar que no soy licenciada y menos en literatura, pero sí soy una enamorada de la educación y de la lectura. Además de haber trabajado en el aula como “profe” de ciencias naturales (mis mejores años), ocupé cargos directivos y fue precisamente allí donde inicié con esta reflexión pedagógica (por cierto, bastante lenta y pausada), pues fueron más de 20 años durante los que, entre acompañamientos a maestros, estudiantes y familias, fue surgiendo la hipótesis que hoy defiendo y que pretendo argumentar en este texto.

Aclaro que, para responder esta pregunta, voy a centrarme en un solo aspecto: “los lineamientos que el sistema educativo colombiano le exige a las instituciones educativas”, sin embargo, debo reconocer que esta no es la única razón por la que los colombianos no leemos, son múltiples los factores que motivan el amor por la lectura. Mi hipótesis es que estos lineamientos no están diseñados para que le lectura sea considera como uno de los procesos centrales de la educación y menos para que los estudiantes se enamoren de ella, ¡qué horror y que error!… La propia educación es la que nos ahuyenta y “mata” nuestros deseos de leer.

También veo necesario aclarar que, en este texto, cuando hablo de la lectura, hago referencia a los textos literarios (novelas, cuentos, poesías), es decir, no incluyo en esta reflexión la lectura de textos científicos, técnicos o informativos. Creo que ese será tema de otro análisis.

Aunque es muy aburridor tener que abordar la Ley (al menos para mí), es necesario empezar por allí para poder entender lo que quiero decir. Según el artículo 23 de la Ley 115 (Ley vigente de Educación en Colombia), las áreas obligatorias y fundamentales para el logro de los objetivos de la educación básica son: Ciencias naturales y educación ambiental; Ciencias sociales, historia, geografía, constitución política y democracia; educación artística; educación ética y en valores humanos; educación física, recreación y deportes; humanidades, lengua castellana e idiomas extranjeros; educación religiosa; matemáticas; tecnología e informática. ¿Vieron en alguna parte como área obligatoria la lectura? ¡La lectura no es obligatoria y fundamental, de acuerdo con la Ley!

Algunos podrían decirme, “pero es que eso hace parte de los lineamientos curriculares de lengua castellana, pues la lectura no es considerada como una asignatura” y es verdad. Allí es donde siempre se ha dejado esta responsabilidad y son los maestros de esta área los encargados de tan noble labor. Ellos, con sus mejores intenciones, organizan sus planes lectores para el año teniendo en cuenta las edades e incluso los gustos de sus estudiantes, los lineamientos y estándares exigidos; sin embargo, hay un buen número de profesores de lengua castellana que prefieren dedicarse a enseñar la conjugación de los verbos, el uso de los artículos y los adverbios o la estructura de las oraciones.

Ahora bien, supongamos que tuvimos la suerte de contar con un equipo de profes que sí les gusta enseñar a leer literatura” (aclaro, es diferente poner a leer literatura que enseñar a leer literatura); resulta que aparece otro elemento aún más difícil de entender: este sistema educativo obliga a los maestros a evaluar sobre los cuentos y novelas leídas. ¡Evaluar lo subjetivo…que desfachatez! Porque hasta donde tengo entendido, la literatura es eso: una relación única que se establece entre el sujeto del escritor y el sujeto del lector; ninguna persona lee un cuento, una poesía o una novela de la misma manera que lo hace otra persona. Entonces, si es algo tan subjetivo, ¿cómo pretenden los maestros de lengua castellana que en el examen les respondan lo que ellos sintieron, entendieron, comprendieron e interpretaron, si el estudiante no es el maestro? Creo que Yolanda Reyes, en su texto “La sustancia oculta de los cuentos”, expresa mucho mejor lo que quiero decir:

“¿De dónde habrá surgido ese consenso escolar que nos obliga a todos a sub-rayar lo mismo en el mismo párrafo del cuento de Caperucita Roja, a entender rápidamente las mismas ideas principales de Barba Azul y a mirar todas las obras desde los mismos puntos de vista? ¿De dónde ha surgido ese desprecio que le produce a la educación lo subjetivo, lo inefable, lo que no puede evaluarse en una prueba académica?… En nuestra concepción de enseñanza, aún se pide al profesor que sea capaz de controlar, planificar y evaluar el proceso de aprendizaje durante todas las etapas, de principio a fin, sin que nada se la salga de las manos. Lo que no es visible, evaluable y observable no da puntos. Lo que se sale de la respuesta esperada no vale. Lo que sucede fuera de clase no cuenta. Los procesos que concluyen después de finalizar el año o las revelaciones que se le van dando paulatinamente a un ser humano, a lo largo de la vida, quizás gracias a la voz de un maestro que cuenta cuentos sin esperar a cambio más que caras expectantes, fascinadas o aterradas, no se califican. Y lo que no puede evaluarse a corto plazo, es como si no existiera”.

Ante un panorama como este, pocas ilusiones me hago que algún día podamos estar en la lista de países que se caracterizan porque sus ciudadanos leen apasionadamente cuentos, novelas y poesías. Si seguimos abordando la literatura de ese modo en los colegios, nos estamos perdiendo una gran oportunidad de ser felices, como bien lo expresa Jorge Luis Borges:

“El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el “verbo imperativo”. Yo siempre aconsejé a mis estudiantes que si un libro los aburre lo dejen. Que no lo lean porque es famoso o es moderno o es antiguo. La lectura debe ser una de las formas de felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz”.

Por último, quiero reconocer los intentos que el Ministerio de Educación ha hecho en los últimos años por invitar a los padres de familia a leer cuentos en familia (al menos ya sacan propagandas en la televisión y en la radio con artistas o personajes reconocidos motivando a la familia colombiana para que lea, como bien dice alguna de ellas: “lee, lee, lee lo que sea, pero lee”). No obstante, por favor, si lo van a hacer, disfruten ese momento con sus hijos sin necesidad de preguntarles cuál era el personaje o la idea principal. Dejemos que ellos, y por qué no, nosotros, soñemos, recreemos y disfrutemos del maravilloso mundo de la lectura.

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